Duelo gestacional: embarazo después de pérdida

Desde que perdí a Queralt he aprendido unas cuantas cosas sobre las diferentes dimensiones del duelo gestacional. Cosas que tienen que ver con mi experiencia y otras que tienen que ver con las experiencias de otras mujeres que desgraciadamente han pasado por una situación similar.

Una de las cosas que he aprendido es que cuando se pierde un embarazo hay que afrontar el duelo por la pérdida de ese niño que se ha perdido y que no se llegará a conocer nunca. Pero, además, a este duelo se añade la angustia de una posible infertilidad. Aunque todo el mundo nos diga ‘ya conseguirás un nuevo embarazo’, el miedo nos come por dentro. Lo único que podemos pensar es: ¿y si no? ¿Y si no lo consigo? ¿Y si, además de perder un hijo, he perdido toda opción de ser madre de un hijo vivo?

Las razones para este miedo pueden radicar en distintos lugares: la causa de la pérdida (quizás nos ha desvelado alguna disfunción de nuestro propio cuerpo), si la consecución de este embarazo perdido nos ha costado años y años de tratamientos contra la infertilidad y ya hemos perdido la esperanza, si los tratamientos de fertilidad nos han dejado sin recursos y ya no lo podemos volver a intentar, si la edad materna ya se acerca a la cuarentena…

También es diferente cuando lo que se pierde es un primer embarazo o uno posterior al nacimiento de un hijo vivo. Cuando ya se tiene un hijo, puede ser un poco -solo un poco- más fácil transitar el duelo por un segundo o tercer hijo perdido. Al fin y al cabo, no te tienes que enfrentar con el miedo de ‘y si nunca llego a ser madre’ porque ya lo eres. Pero si tu idea de la maternidad va muy ligada a una familia con varios hermanos, tener ya un hijo no es consuelo.

Donde mucha gente que no ha pasado por esto se equivoca, es en pensar que una vez se consigue un siguiente embarazo y un niño nacido vivo, éste sustituye al que se perdió.

Un hijo vivo después de una pérdida ayuda a curar algunas de las dimensiones del duelo: finalmente hemos podido ser madre, o finalmente hemos conseguido un hermano o hermana para nuestro primer hijo. Pero eso no hace que olvidemos lo que hemos perdido por el camino.

Yo nunca me planteé tener tres hijos. Para mí lo ideal era tener dos. Tampoco tuve ninguna predilección por si lo que iba a venir era un niño o una niña. Primero tuve un niño, y cuando estaba embarazada de Queralt y todavía no sabía que era una niña, tenía la intuición (y me equivocaba) de que sería otro niño, y ya me parecía bien. Además, se me antojaba más práctico. Y estoy segura de que si entonces hubiera tenido un niño que hubiera nacido vivo, nunca habría echado de menos tener una hija.

Pero no fue así, Queralt era una niña, y cuando me dijeron que era una niña y le pusimos nombre, yo ya me empecé a imaginar mi vida con ella. Empecé a hacer planes de futuro, deseos de futuro. Que no se cumplieron, porque murió.

Después de perder a Queralt tuve la suerte de quedarme embarazada de nuevo. De un niño. Y ahora hago planes de futuro con dos niños. Me imagino cómo será Lluc con su hermano pequeño, como compartirán juegos y aficiones (y quizás me equivoco). Pero todos estos planes, todas estas imágenes de futuro no pueden sustituir a las que hice con Queralt. Tendré dos hijos, que para mí siempre había sido suficiente, pero siempre seguiré echando de menos a mi niña.

Duelo gestacionalY no es que desee que mi segundo hijo sea una niña, no es que le reproche a él que hubiera preferido que fuera niña, es que por mucho que yo siempre hubiera pensado que mi familia ideal era de dos hijos, a partir de ahora siempre será de tres.

Hace poco soñé que el niño que llevo ahora en la barriga ya había nacido, pero que yo seguía estando embarazada, o lo volvía a estar, de Queralt. Y en ese instante de sueño, todo encajaba, era mi familia tal como debía ser. Hasta que desperté y eché de menos a Queralt.

Ahora, en la imagen mental de mi familia siempre faltará una niña. Pero no cualquier niña: Queralt. Porque Queralt existió. Y siempre me faltará. Porque las personas no son sustituibles, y los niños no nacidos tampoco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *