El porqué

Siempre he admirado a las personas que tienen un blog. Requiere mucha disciplina, y tener mucho que decir, o muchas ganas de compartir con el mundo lo que se piensa o lo que se hace.

Aunque trabajo de profesora y me veo a menudo en la posición de hablar ante un buen grupo de oyentes, en mi vida privada siempre he preferido escuchar lo que dicen los demás, en lugar de hablar para que me escuchen. En todos los grupos de WhatsApp en que participo soy probablemente la que menos interactúa. Tengo twitter y facebook pero apenas los uso. Cuando se trata de compartir lo que pienso o lo que me pasa, soy mejor en pequeños grupos, cuando los interlocutores son pocos, cuantos menos mejor. Por eso siempre he pensado que no tengo madera de bloguera.

Lo que sí podría tener es la disciplina de los blogueros. Por ejemplo: no he escrito nunca un blog, pero escribo una carta cada día –sí una carta, a la antigua: a mano, con boli y papel, sobre y sello y al buzón– y la envío a una artista amiga mía de Rotterdam. Desde el 2 de abril de 2001. Cada día. Pronto hará 15 años. Y no tenemos intención de parar.

Así que podría tener la disciplina para escribir un blog. Pero, ¿qué podría contar? Esta duda ha sido mi freno principal, hasta ahora, para no abrir el blog en mi página web.

Pero en los últimos meses hay dos temas que han tocado mi vida y que creo que son lo suficientemente interesantes como para darles vueltas en forma de entradas de blog. Son dos temas muy diferentes, alejados, pero ambos muy importantes para mí. Son dos temas que a mucha gente ni les darán frío ni calor, pero que para los que les interesen, creo, puede ser útil que yo comparta mis experiencias y mis ideas.

El primer tema tiene una vertiente profesional pero poco a poco he ido descubriendo que es mucho más que un tema de escritores, es un tema que afecta a todo el mundo que se exprese por escrito, desde el adolescente que tiene que hacer un trabajo de clase, hasta el emprendedor que quiere escribir un plan de empresa, pasando por cualquier persona que redacte correos electrónicos, profesionales o privados.

Se trata de cómo escribimos, de cómo siempre nos han enseñado que primero hay que pensar antes de escribir y de cómo estoy totalmente convencida de que esto no es cierto. Que no todo el mundo necesita pensar antes de escribir. Hay gente que sabe pensar antes de escribir, y los hay que no saben. Y la gente que no sabe no significa que no sepa escribir, significa que debe hacerlo de otro modo: debe pensar mientras escribe, o después de escribir. Y ¿cómo se hace eso? Es lo que tengo ganas de compartir aquí.

El segundo tema es totalmente personal, y nace a raíz de un hecho traumático que me ha tocado vivir este difícil año 2015 que estamos a punto de despedir. Se trata de la muerte perinatal. De perder un hijo antes de que nazca. Porque yo perdí a mi hija Queralt a las 18 semanas de embarazo el 25 de mayo de 2015 y desde ese día soy otra persona. Y porque desde ese día me di cuenta de que el mundo se podría dividir entre las personas que saben lo que significa perder un hijo antes de nacer y las que no lo saben. Yo antes no lo sabía. Ahora sí, y soy diferente. Y la primera entrada de este bloque la escribí sólo para mí, y sin saber que terminaría siendo una entrada de blog. Pero cuando llegó el día en que Queralt debía haber nacido sentí la necesidad imperiosa de publicar lo que había escrito. Por ella y por todos los otros niños que no han nacido y por todas sus madres. Y es también para todos ellos que quiero escribir como viví la pérdida de Queralt, qué he aprendido, y qué me hubiera gustado hacer de otra manera.

Y hoy, después de pensarlo unas semanas, finalmente me he decidido a ir escribiendo poco a poco mis ideas en torno a estos dos temas y publicarlas en mi blog para que todos aquellos que quieran saber más, lo puedan leer.

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